19 Febrero 2011
Una habitación a oscuras. Mi mayor temor. Y sin embargo, a su vez es ese espacio deseado en el que nadie interrumpe tus pensamientos. Es la serenidad del solitario. Es ahí donde escucho mi propia respiración, más alterada a veces, otras pasiva y relajada. También oigo latir mi corazón a ritmos diferentes, según la melodía que yo le dicte. Pero no es fácil disfrutar de este encuentro con uno mismo sabiendo que, en el fondo, es tan solo una larga espera. La angustia me invade, y de su mano viene el miedo. Ahora es cuando no sé qué hacer, la oscuridad se ha vuelto una amenaza y quiero salir de aquí.... Sí, lo he vivido muchas veces, y ninguna de ellas he sido capaz de vencerme. Hoy lo admito. No puedo estar conmigo a solas porque no me soporto. Y hoy he decidido que dejaré de luchar.
Estas fueron las últimas palabras escritas de mi hermano. Después de escribirlas nunca volvió a ver la luz, el 12 de marzo de 1982 lo encontré sobre la cama, completamente a oscuras, inmóvil. Nunca ha sido fácil describir su muerte, pero mi hermano no merecía vivir tal y como lo hizo. Es por ello que deseo vengar su muerte contándole al mundo su sufrimiento inhumano. Tras tantos años he sido capaz de reconocer esos sentimientos que mi hermano dejó como testamento, como hombre solitario, como persona desdichada.
La suerte nunca estuvo de nuestro lado, al igual que la mayoría de la gente. Nuestra familia pobre fue nuestro entorno por muy corto plazo, vivíamos en Quibdó, Colombia, con nuestra madre hasta que ella murió durante un enfrentamiento entre una de las guerrillas marxistas y las Fuerzas Armadas. Mi hermano y yo quedamos huérfanos, sin dinero ni posesiones y mi responsabilidad de cuidar de ambos se me hacía extremadamente grande. Decidí que era mejor abandonar aquella ciudad para proteger nuestras vidas y buscar otro sitio donde poder vivir. El camino fue difícil, conseguimos llegar a Buenos Aires tras 5 años de vida nómada, trabajando y caminando sin rendirnos. Y aunque yo hacía lo posible por protegerle y hacerle sentir seguro, su juventud nunca le impidió ser consciente de nuestra situación. Se esforzaba por no cansarse al trabajar, por conseguir comida de donde le fuera posible, por madrugar, por no decepcionarme....
Por aquel entonces mi mayor sueño era poder ofrecerle una vida mejor, pero el hecho de asentarnos en esa ciudad desconocida al borde de Argentina, no mejoró su felicidad en absoluto. Conseguí trabajo para los dos en una empresa ilegal de falsificación de documentos. Lo que no sabía era que la gran habilidad de mi hermano llamaría tanto la atención de los superiores. Pronto comenzaron a llevárselo de mi lado durante todo el día... y fue a partir de entonces que le oía llorar casi cada noche cuando creía que yo ya dormía.
Nunca habíamos guardado secretos el uno al otro, pero su reacción ante mis preguntas cuando le traían de vuelta del trabajo nunca sabré describirla con exactitud. Parecía morir de miedo por dentro mientras intentaba mantener la calma y darme alguna excusa para no contarme nada. Y así durante años. Nuestra vida mejoraba, vivíamos en una habitación con cocina a dos horas a pie de la nave donde trabajábamos y nos permitíamos desayunar y cenar todos los días. Todo parecía ir cuesta arriba, menos su felicidad.
Tras varios años, en los que su introversión aumentó hasta volverse extrema, ocurrió algo imprevisto. Un atentado en el centro de la ciudad tomó la vida de dos ministros de gran importancia y más de 4.000 civiles. Pero también fue ese día cuando mi hermano desapareció. Mi vida pareció hundirse. Pero la única respuesta que existía era que había muerto.
Jamás me perdonaré el darle por perdido. Las condiciones no inspiraban precisamente esperanza, pero hoy en día me pregunto cómo pude abandonar la idea de que siguiera vivo con tal rapidez....
Y es que, quién lo iba a decir, así era. Pasaron largos y agitados años, conseguí ganar más dinero, conocí a la mujer que aún hoy me acompaña y con no poco esfuerzo logré estabilizar mi vida un mínimo.
Cuando pensaba que por fin lo había logrado, que me convertí en quien quería ser, el pasado resurgió con brutalidad. El 11 de marzo del año 1982 un agente de policía nacional se presentó en mi casa, trayendo consigo a un hombre manco y de aspecto realmente penoso. Creo que sus palabras no las olvidaré en lo que me queda de vida, de lo escalofriantes que me resultaron, y me resultan. Dijo:
"Señor, hemos sido capaces de localizarle gracias a la información facilitada por su hermano, aquí presente. Soy el encargado de ponerle al corriente sobre su situación. Su hermano se encuentra sentenciado a pena de muerte por delito de homicidio, admitido por él y registrado por escrito por el juez. Le traigo aquí su declaración. Su hermano deberá pasar aquí esta noche, a motivo de que es su última petición, y mañana será recogido por mis compañeros, para ejecutar la condena. No se le permite abandonar el edificio, hemos colocado patrullas especiales para asegurarnos de ello. Buenas noches."
En ese momento no supe reaccionar, aquel hombre en la entrada de mi casa se suponía que estaba muerto. No podía ser él. Con esa cara demacrada, sin brazo izquierdo... y sin embargo sus ojos no mentían. Sí, era él. Me abrazó como pudo y lo primero que dijo después de un rato en silencio fue que leyera el papel que el agente me había dado. Aún lo conservo. Lo leí, y a cada palabra se me escapaban más lágrimas. Era la narración de mi hermano, desde el momento en que su trabajo dejó de ser el mismo que el mío, del día del atentado y de lo que hicieron después con él. Contaba cómo nuestro jefe le obligaba a aprender a desmontar y montar armas, a fabricar bombas y explosivos, a organizar estrategias de homicidio... y también contaba de las veces que fue violado por alguno de nuestros superiores. Contaba de cómo le involucraron en una masacre, amenazándole con que me matarían a mí si se negaba... de cómo le secuestraron el día del atentado, de cómo le torturaron, de cómo le cortaron el brazo para impedir que escapara... y cómo finalmente la policía le encontró atado, mientras los verdaderos organizadores del atentado escapaban.
"Hermano, yo no quise hacer eso...", dijo cuando dejé caer la hoja y enterré mi rostro entre las manos. Su voz sonaba quebrada, cansada. Volví a mirarle a los ojos. Aquella no era la cara de un asesino.... No fui capaz de responderle absolutamente nada en ese momento y tras un largo tiempo en silencio le rogué que me pidiera lo que quisiera. Pero su respuesta fue simple, dijo que lo único que deseaba era dormir en una cama de verdad. No dijo nada más antes de entrar en la habitación que le preparé, excepto un sutil susurro "Espero que nunca tengas que pasar por esto. Suerte, hermano".
Aparte de este verdadero último deseo, nunca podré evitar sentir que, a pesar de todo esfuerzo, le fallé a mi querido hermano. No escribo esto como disculpa por no haberle ayudado, sino como advertencia a aquellos que hieren queriendo o sin querer.... Advertirles de que las consecuencias de su falta de humanidad afectarán a personas que jamás lo han merecido.
Y con un cordial saludo, me despido.
servido por snake
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13 Febrero 2011
Que no sabe,
que no come,
que no bebe, ni perece.
Y los gigantes de su mente
hacen sombras que ennegrecen
su pasado, su presente,
el futuro que merece.
Que no conoce,
que no quiere,
que no anhela, ni desespera.
Y su sonrisa se congela
no teniendo por costumbre
la alegría, la manera,
de siendo poco sentirse cumbre.
Es desdicha,
es pobreza,
la vida que se desprecia.
Y sin norte
y sin certeza
crecerá, en naturaleza.
Mas en libertad,
en alma y mente
seguirá siendo por siempre
sujeto inmóvil, débil, transparente.
servido por snake
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22 Octubre 2007
Aquellos llantos con los que viví,
quedarán en mí hasta mi fin.
Arrastro fracasos de aquí pa allí,
no me hagas caso, soy un arlequín.
La luna me insulta, capullo demente,
y solo le pedí agua corriente.
Intento plantar mi vida, sin tierra alguna,
no sé adónde va el tiempo que me cura.
Deja que me invente un mundo feliz,
sin sufrimiento ni guerra, solo un matiz.
Para aliviar el dolor de un payaso triste,
uno como yo, que de lagrimas viste.
No seas estúpido, no te entierres con el dolor.
Levanta la cabeza, rebosa de valor.
Permíteme abrazarte, lo necesito,
solo qiero olvidar que existo.
Permíteme besarte, sé que mucho pido,
solo quiero olvidar lo ocurrido.
Sinvergüenza soy, y siempre seré,
pero la luna mira, y siempre me vé.
Quiero ser libre, no servirle nunca más,
ser yo, sintiendo que a mi lado estás.
No seas estúpido, no te entierres con el dolor.
Levanta la cabeza, rebosa de valor.
No seas patético, no te aferres al sincolor.
Levanta tu alma, que la hora ya llegó.
Los llantos que la luna,
sobre mi cuerpo derrama,
son la muestra de lo que dura,
el dolor cuando nadie te ama.
servido por snake
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3 Octubre 2007
Conversaciones
“Ven Ayumen, siéntate.” “Salud Maestro, ¿se encuentra usted bien?” “Si hijo, gracias por preguntar. ¿Y tu? ¿Te encuentras bien hoy?” “Si, Maestro” Mi nombre es Ayumen y tengo siete años. Mi Maestro me da clases todos los días, como hoy. Me ha contado que arriba, en la superficie de la tierra, no es igual que aquí. Allí hay mas niños, y las clases no duran el día entero. Aquí sí. Y siempre son iguales. Yo puedo hacer la pregunta que desee, y la clase tratará de ella. “Bien, ¿qué pregunta deseas hacerme hoy?” “Pues, Maestro, me gustaría hacerle otra pregunta sobre nuestra existencia.” “Ya hiciste una la semana pasada, ¿no es así?” “Sí, pero, aún tengo dudas, y me gustaría preguntarle ¿Porqué no somos iguales que las personas que viven en la superficie del planeta, y qué nos distingue?” “Vaya, noto que ya eres mayor. Ya no haces las mismas preguntas que el año pasado. Está bien, trataremos de nuevo el tema de nosotros mismos.” Una sonrisa se dibujó en mi cara. No solo me había dicho que ya era mayor, sino que me permitiría saber más acerca de nuestro mundo. “Hace ya mucho tiempo, nuestros antepasados tuvieron que huir de la superficie porque no les quedaba aire que respirar, agua que beber, comida que comer ni misterios que descubrir. Lo habían estropeado casi todo. Sólo les quedaba el interior del planeta, y los que estaban decididos a llevar una vida más razonable, se reunieron para venir aquí. En bastante poco tiempo, habían poblado gran parte de lo habitable en este ambiente y formaron lo que hoy es, nuestro mundo. El hecho de que hoy en día vuelva a haber gente de nuestra especie en la superficie se debe a que, los pocos que se quedaron atrás, también se reunieron, pero quedaron decididos de reestablecer su entorno creado en la superficie. Les costó mucho más trabajo y tiempo, y aún hoy, hay muy pocas partes habitables y la población es muy escasa. Lo que nos diferencia es tan simple como la inteligencia. Nosotros hemos aprendido a vivir sin esos complementos mecánicos que ellos necesitan y que terminarán extinguiendo su raza. También nos distingue el hecho de que nosotros, a base de escritos, hemos podido reservar casi todos los conocimientos que existían, y hemos añadido los nuestros. En cambio, ellos seguro que ignoran nuestra existencia, dado que no dejamos rastro alguno, según los escritos de nuestros antepasados. Pero me olvido la principal diferencia. Ellos tienen algunos sentimientos, que nuestros antepasados también decidieron dejar atrás. Algunos de ellos, los llaman, “ambición” y “egoísmo”.”
servido por snake
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1 Octubre 2007
"Si te quedas conmigo aquí
sabras que mi palabra
viste de rojo carmesí"
Marea
Aquel día no supe qué hacer. Estaba acorralado, muerto de miedo y lejos, muy lejos de mi casa. Pero será mejor empezar desde el principio.
Estaba sentado frente a mi mesa de estudio, con la mirada perdida en los extraños dibujos de un simbolo maya que había dibujado en la pared. En mi mano sujetaba un boli sin intención alguna de moverlo y justo debajo, unos folios cuadriculados que esperaban a ser rellenados con unos números aparentemente sin sentido. Eran las nueve y media y aún no había acabado los deberes. Un sonido extraño proveniente de mi ventana me hizo despegar la mirada de la pared y dirigirla hacia la derecha. El corazón se me aceleró tan de repente que parecía querer salirse por la boca, lancé mi boli sobre mi cabeza sin querelo y me caí de la silla golpeandome bruscamente la columna contra el suelo. Hice un esfuerzo por levantarme lo mas rapido posible para comprobar que mi vista me había jugado una broma de mal gusto. Dolorido y mareado alcé la mirada hacia la ventana y por poco no me caigo de nuevo al ver que era cierto. Un rostro de mujer joven, con el pelo negro, largo y mojado aguardaba con expresión de sorpresa detrás del cristal. Mi corazón seguía a cien y poco a poco fui acercandome a la ventana con con el miedo y la sorpresa escritos en la cara. A un metro de ella me quedé parado, observando a detalle aquella persona de rostro pálido. Nuestras miradas se cruzaron, y sus ojos de color tierra oscura me hicieron reaccionar de una manera extraña. Me seguí acercando a la ventana y, en una especie de trance, mi mano se colocó sobre la manilla dispuesta a abrir la ventana de par en par. Una vez abierta, la figura delgada de la mujer, que vestía un hermoso vestido blanco de seda, se delizó sobre el marco hasta el interior de mi habitación. Mis ojos solo eran capaces de observarla mientras ella, con sus ojos clavados en los míos, me cogía de la mano para a continuación besarme con una intensidad inimaginable. Sentía como si un fuego helado que partía de mi estómago, se arrastrara a través de todo mi cuerpo hasta explotar finalmente en mi cabeza, produciéndome una sensación entre mareo y placer. Cuando nuestros labios se separaron, me dijo en un susurro casi inperceptible "Ven conmigo, yo te enseñaré tu verdadero lugar". El placer que aún corría por mi cuerpo, no me hizo dudar y se intensificó cuando tiró suavemente de mi mano hacia la ventana y una vez que estábamos los dos juntos de pie en el marco, ella se elevó en el aire haciéndome flotar con ella en el cálido aire del anochecer. Cuando al fin fui capaz de reflexionar sobre lo ocurrido, ya habíamos viajado muy lejos de la ventana de mi cuarto y nos encontrábamos al pie de una cueva inmensa, nuestras manos aún enlazadas y adentrándonos en el agujero negro, aparentemente sin fondo. De repente una exitación, parecida al miedo, pasó por mi cabeza, haciendo que mis piernas no fueran capaz de seguir caminando. La extraña mujer dio una ligera vuelta para mirarme a la cara, y ahora, quizás por la sombra que cubría su cara, ya no parecía tener esa hermosura hipnotizante. De hecho, sus ojos ya no me inspiraban ese placer contínuo, ahora eran de un negro intenso que me hizo congelar la sangre. Su mano ahora tenía una fuerza que anteriormente había ignorado, y tiró de la mía para hacerme caminar. Cuando mis ojos ya no fueron capaz de adaptarse más a aquella creciente oscuridad, sentí que el suelo ya no era solo de piedra, ahora estaba encharcado, por lo que parecía agua espesa. Sentía que cada vez, más sudor y escalofríos recorrían mi espalda mientras mi brazo seguía siendo guiado por delante mía, guiado a algo desconocido, guiado a algo peligroso. El agua había ganado algo de profundidad, por lo que mis tobillos se encontraban sumergidos en ella. Al ver una luz procediente de lo que parecía el techo de aquella cueva, mi corazón se aceleró aún más, sintiendo una leve esperanza de poder salir por fin de aquel horrible lugar. Pero no andaba en lo cierto. La luz procedía efectivamente de el techo, pero cuando me encontré justo debajo de aquel diminuto rayo de luz, comprendí que el agujero no estaba echo para salir. Me di cuenta de que la mujer se había parado, ya no tiraba de mi brazo, lo había soltado. Entonces, entendí. No quería que saliera de allí, quería que viera dónde me encontraba. Sus ojos, ahora con una expresión maléfica, se fijaban en cada movimiento, en cada gota de sudor y en cada parpadeo que realizaba. Mi intuición me hizo mirar al suelo, y ver ese agua, roja. El pánico se apoderaba de mí, mientras de nada me ayudó, divisar al fondo, expuestos a la oscuridad, lo que parecían cuerpos amontonados, bañandos en la misma sangre que cubría mis pies. Mi cuerpo entero se paralizó, y una mano, pálida y humeda, se aferró a mi garganta, cortándome la respiración. "Te dije que te llevaría a tu verdadero lugar... Aquí lo tienes. Pasarás toda una eternidad a mi lado... Y a cambio, me darás tu sangre."
servido por snake
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28 Junio 2007
"Luego empezaré a coser
tequieros en un papel
y a barrer el querer
con los pelos de un pincel"
Marea
Cada día encontraba mi cama más desecha. Y aún no había encontrado consuelo entre las sábanas cristalinas. Me olvidé de cómo dormir y pasaba las noches vagando por las nubes de mi cuarto. Veía el anochecer caer sobre los tejados de mi ciudad. Ciudad que me abandonó cuando buscaba socorro por sus calles. Y al rato, me parecía, ver el alba, y con el, el comienzo de un nuevo día en el que me enfrentaba al amor perdido. Nadie se dio cuenta de los llantos que derramaba en mi interior. Eso me hizo pensar. Pensar en que no sabía quien me conocía y quien no. Pero nadie parecía querer conocerme.
Seguí derramando sangre mezclada con agua salada sobre folios vacíos pero sellados con tu presencia. Poesías escritas por mis manos ahora se veían amenazadas de desaparecer en los rincones de mi mente. Muchas horas, días y meses traté de averiguar qué debía hacer para dejar de sufrir sin razón. Ningún hechizo fue capaz de calmar mi amargado corazón.
Me ví sumergida en un mundo de olvido y soledad. Y pensar que todo fue por tu culpa... .
Pero ahora lo comprendo. No fuiste tú sino yo quien puso fin a todo. Te olvidé.
Nunca más volveré a llorar por alguien como tú. Ahora no. Soy feliz y con eso me vale. Pero si algún día decides buscar dentro de mi corazón, encontrarás una cicatriz. Cicatriz causada por tí.
servido por snake
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27 Junio 2007
"En vez de mirar pal cielo
me puse a medir el suelo
que me tocaba de andar"
Marea
Observo como la gente me mira. Intento no molestar a nadie pero la gente se aparta de mí cuando paso a su lado. Hace tiempo ya que me acostumbré a no mirar a nadie a los ojos para no ver su expresión de desprecio. Mis padres no llegaron a enseñarme nunca cómo tratar a los que no son de los nuestros. Ahora, mi labor consiste en enseñarles a mis cinco hermanos menores. Todos los días debo darles de comer de mi ligero sueldo y ahogar mi sufrimiento ante ellos, para así poder educarlos en el poco orgullo que nos queda. Sólo nos queda el no rendirnos. Pero en el fondo tengo miedo, miedo a que algún día mis fuerzas se agoten. A esta hora del día solía ir a la iglesia para rezar en una esquina aislada en la que no molestara. Esperaba que ese alguien, en el que tanta gente deposita su confianza, me ayudara a reprimir mi miedo. Pero cada vez que me arrodillaba ante esa figura de madera, con cara de sufrimiento y las manos y pies ensangrentados, no veía nada más que un pobre mendigo medio muerto que gozaba de la enorme atención que le prestaban miles de personas al día. Conseguí darme cuenta de que esa figura, no podría ayudarme ni aunque quisiera... Ahora, dedico mi tiempo a pensar, pensar en lo que puedo hacer para continuar sin la ayuda de una figura que me diga los pasos que he de dar. Y lo tengo muy claro. Ya no lloro, solo sufro, pero confío en mi mismo y confío en que mis hermanos seguirán mis pasos. No los de un muñeco de madera. Ahora me dirigo hacia la casa antigua en la que vivimos. Con unas barras de pan y un delgado paquete de mantequilla en las manos me adentro en la unica sala habitable y reparto la comida entre todos. De nuevo tengo que irme a trabajar pero no sin antes dejar claras algunas tareas a los mayores para que aprendan a leer. Estaremos marginados de la sociedad. Seremos personas menos valoradas. Pero al menos, tenemos consciencia y cultura. Otros, seguirán siendo incultos, para siempre...
servido por snake
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