"Si te quedas conmigo aquí
sabras que mi palabra
viste de rojo carmesí"
Marea
Aquel día no supe qué hacer. Estaba acorralado, muerto de miedo y lejos, muy lejos de mi casa. Pero será mejor empezar desde el principio.
Estaba sentado frente a mi mesa de estudio, con la mirada perdida en los extraños dibujos de un simbolo maya que había dibujado en la pared. En mi mano sujetaba un boli sin intención alguna de moverlo y justo debajo, unos folios cuadriculados que esperaban a ser rellenados con unos números aparentemente sin sentido. Eran las nueve y media y aún no había acabado los deberes. Un sonido extraño proveniente de mi ventana me hizo despegar la mirada de la pared y dirigirla hacia la derecha. El corazón se me aceleró tan de repente que parecía querer salirse por la boca, lancé mi boli sobre mi cabeza sin querelo y me caí de la silla golpeandome bruscamente la columna contra el suelo. Hice un esfuerzo por levantarme lo mas rapido posible para comprobar que mi vista me había jugado una broma de mal gusto. Dolorido y mareado alcé la mirada hacia la ventana y por poco no me caigo de nuevo al ver que era cierto. Un rostro de mujer joven, con el pelo negro, largo y mojado aguardaba con expresión de sorpresa detrás del cristal. Mi corazón seguía a cien y poco a poco fui acercandome a la ventana con con el miedo y la sorpresa escritos en la cara. A un metro de ella me quedé parado, observando a detalle aquella persona de rostro pálido. Nuestras miradas se cruzaron, y sus ojos de color tierra oscura me hicieron reaccionar de una manera extraña. Me seguí acercando a la ventana y, en una especie de trance, mi mano se colocó sobre la manilla dispuesta a abrir la ventana de par en par. Una vez abierta, la figura delgada de la mujer, que vestía un hermoso vestido blanco de seda, se delizó sobre el marco hasta el interior de mi habitación. Mis ojos solo eran capaces de observarla mientras ella, con sus ojos clavados en los míos, me cogía de la mano para a continuación besarme con una intensidad inimaginable. Sentía como si un fuego helado que partía de mi estómago, se arrastrara a través de todo mi cuerpo hasta explotar finalmente en mi cabeza, produciéndome una sensación entre mareo y placer. Cuando nuestros labios se separaron, me dijo en un susurro casi inperceptible "Ven conmigo, yo te enseñaré tu verdadero lugar". El placer que aún corría por mi cuerpo, no me hizo dudar y se intensificó cuando tiró suavemente de mi mano hacia la ventana y una vez que estábamos los dos juntos de pie en el marco, ella se elevó en el aire haciéndome flotar con ella en el cálido aire del anochecer. Cuando al fin fui capaz de reflexionar sobre lo ocurrido, ya habíamos viajado muy lejos de la ventana de mi cuarto y nos encontrábamos al pie de una cueva inmensa, nuestras manos aún enlazadas y adentrándonos en el agujero negro, aparentemente sin fondo. De repente una exitación, parecida al miedo, pasó por mi cabeza, haciendo que mis piernas no fueran capaz de seguir caminando. La extraña mujer dio una ligera vuelta para mirarme a la cara, y ahora, quizás por la sombra que cubría su cara, ya no parecía tener esa hermosura hipnotizante. De hecho, sus ojos ya no me inspiraban ese placer contínuo, ahora eran de un negro intenso que me hizo congelar la sangre. Su mano ahora tenía una fuerza que anteriormente había ignorado, y tiró de la mía para hacerme caminar. Cuando mis ojos ya no fueron capaz de adaptarse más a aquella creciente oscuridad, sentí que el suelo ya no era solo de piedra, ahora estaba encharcado, por lo que parecía agua espesa. Sentía que cada vez, más sudor y escalofríos recorrían mi espalda mientras mi brazo seguía siendo guiado por delante mía, guiado a algo desconocido, guiado a algo peligroso. El agua había ganado algo de profundidad, por lo que mis tobillos se encontraban sumergidos en ella. Al ver una luz procediente de lo que parecía el techo de aquella cueva, mi corazón se aceleró aún más, sintiendo una leve esperanza de poder salir por fin de aquel horrible lugar. Pero no andaba en lo cierto. La luz procedía efectivamente de el techo, pero cuando me encontré justo debajo de aquel diminuto rayo de luz, comprendí que el agujero no estaba echo para salir. Me di cuenta de que la mujer se había parado, ya no tiraba de mi brazo, lo había soltado. Entonces, entendí. No quería que saliera de allí, quería que viera dónde me encontraba. Sus ojos, ahora con una expresión maléfica, se fijaban en cada movimiento, en cada gota de sudor y en cada parpadeo que realizaba. Mi intuición me hizo mirar al suelo, y ver ese agua, roja. El pánico se apoderaba de mí, mientras de nada me ayudó, divisar al fondo, expuestos a la oscuridad, lo que parecían cuerpos amontonados, bañandos en la misma sangre que cubría mis pies. Mi cuerpo entero se paralizó, y una mano, pálida y humeda, se aferró a mi garganta, cortándome la respiración. "Te dije que te llevaría a tu verdadero lugar... Aquí lo tienes. Pasarás toda una eternidad a mi lado... Y a cambio, me darás tu sangre."
